"La posibilidad de la ternura": una reflexión sobre la masculinidad.

‘La posibilidad de la ternura’: el alegato de siete jóvenes chilenos sobre la masculinidad

Teatre Lliure de Barcelona
El dramaturgo chileno Marco Layera vuelve a colaborar con Carolina de la Maza en ‘La posibilidad de la ternura’, como ya harían hace cuatro años en ‘Paisajes para no colorear’, para dar visibilidad en el escenario a nuevas formas de construir la identidad, en esta ocasión desde el cuestionamiento de la masculinidad hegemónica. 

La compañía teatral La Re-Sentida, acogida por el Teatre Lliure, presentaba hace unos días en Barcelona La posibilidad de la ternura, obra recién estrenada en la Ruhrtriennale de Bochum.

Los intérpretes José Miguel Araya, Dimitri Bueno, Camilo Bugueño, Efraín Chaparro, Marcos Cruz, Matías Méndez y Leftrarü Valdivia durante la representación.

La posibilidad de la ternura: expectativas de la masculinidad

La obra nos invita a abrazar la ternura, entendida como el afecto hacia el otro y la capacidad de mostrar la propia vulnerabilidad, no solo como medio para subsistir en un mundo de violencia y hostilidad, sino incluso como práctica política con potencial transformador. En ella, siete jóvenes chilenos, entre los 13 y los 17 años de edad, reflexionan sobre cómo han sido sistemáticamente empujados a la agresividad, a riesgo de ser socialmente excluidos si no cumplían con las expectativas que pesan sobre ellos.

Expectativas que en muchas ocasiones provienen de los entornos ajenos, pero también de los más cercanos e íntimos, creando relaciones traumáticas y dolorosas con los padres. De esta manera, la figura paterna nos influye desde que somos niños en cómo nos relacionamos en la adultez, en la gestión de las emociones y en las inseguridades más arraigadas de nuestro subconsciente. Los actores expresan la dificultad que encuentran en deshacerse de la herencia del trauma paterno, de la cohibición y del complejo; en intentar sanar unas heridas que no son suyas.

Esta pieza es el segundo eslabón de un tríptico que comenzó con la mencionada Paisajes para no colorear, un alegato contra la violencia de género, y que se cerrará según Layera con una tercera obra en torno a la infantilización de la tercera edad. Las dos primeras nacen a partir del mismo método: la convocatoria de una serie de talleres y audiciones para improvisar y meditar sobre un tema.

Una exploración desde la adolescencia sobre lo masculino

En el caso de La posibilidad de la ternura, fueron convocadas personas de sexo masculino. Interesaba identificar qué implicaciones sociales tiene nacer con unos determinados genitales. En palabras del autor, esta convocatoria contó con muchos menos asistentes que las que se llevaron a cabo para Paisajes. Fue complicado dar con adolescentes que se mostrasen frágiles, sensibles y dispuestos a abrirse emocionalmente. En este proceso, la Maza y Layera escucharon las interpelaciones de esta generación, sus vivencias y puntos de vista, confeccionando un tejido dramático que reúne decenas de voces y testimonios.

La posibilidad de la ternura no es fruto de una única autoficción, sino de la reflexión conjunta de los adolescentes guiados por las propuestas de los dos dramaturgos. Esto, unido a que para algunos de los intérpretes se trata de la primera experiencia sobre el escenario, ha supuesto un desafío actoral importante y de gran valor.

Imagen de ‘La posibilidad de la ternura’.

Una obra que pretende abrir una reflexión

Este discurso ideológico toma forma principalmente a través del monólogo, la herramienta teatral predominante en La posibilidad de la ternura. Si bien hay momentos de coreografía y teatro físico, muy ligados a la representación de la violencia, el vehículo más recurrente para comunicar ideas es el monólogo expositivo de los actores. El autor insistía en que la obra no pretende enseñar nada, sino suscitar la reflexión.

 

María Arnau: «La obra despierta la esperanza de que los hombres que me rodean puedan, por fin, pedir y profesar ternura»

 

No obstante, las ideas se exponen al público de manera bastante explícita, haciendo hincapié en las partes más crudas y chocantes de los testimonios recogidos, buscando el impacto emocional en la audiencia. A pesar de que este recurso puede resultar efectivo en ciertos momentos, curiosamente resultan mucho más interesantes los impulsos de ternura física entre los siete adolescentes.

La violencia tiene una gran presencia en el guion, probablemente porque también la tiene en las sociedades que refleja. Sin embargo, se echa en falta ver entre los actores el triunfo de lo tierno, que proporcionalmente (y paradójicamente) tiene mucho menos espacio en esta representación, reservándose para los últimos minutos.

La carga dramática reposaba en lo verbal, que tiene un poder importante pero no infinito, y en la escenificación de la guerra mediante gritos, gestualidad y música. En cambio, las imágenes que nos regalaron entre monólogo y monólogo, como el baile eufórico y libre de un joven al ritmo de ‘Material Girl’, brillaban y despertaban en mí esa esperanza de que los hombres que me rodean puedan, por fin, pedir y profesar ternura.

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